miércoles, septiembre 11, 2013

Dejanos ser, dejate de joder...

Sábado a la tarde. Calor. En una esquina céntrica los pibes hacen malabares ante las distintas miradas desde los autos. Miedo, alegría, indiferencia. Igual le ponen toda la onda, como si estuvieran actuando para sus propios hijos. Revolean afilados cuchillos, coordinan una docena de pelotas por el aire. Las monedas son pocas, pero ya están listos para el próximo rojo; ponen la mejor sonrisa a la vida que desde afuera pareciera no haberles puesto la misma cara. No les importa; malabaristas y amigos se las rebuscan en la esquina, sin molestar a nadie y alegrando a muchos.
De pronto dos patrulleros se detienen frente a ellos. Los conductores bajan, aun sabiendo que eligieron una zona transitada para detenerse y están entorpeciendo a los demás conductores y peatones, porque la senda peatonal también fue obstruida. De lejos se puede ver un movimiento molesto, un entorpecimiento de la alegría que reinaba antes de que ellos llegaran. Se borran las sonrisas y dejan de volar las pelotas. Los controlan, como si contagiar alegría fuera un delito. Uno de ellos no tiene su documento, motivo suficiente para subirlo al patrullero. Los oficiales se van, dejando un panorama completamente distinto al que encontraron. “El pibe no es de Córdoba y su mamá trabaja en un lugar donde no tiene señal su teléfono. Recién a las nueve de la noche, cuando llegue a su casa, se va a enterar que lo tiene que ir a buscar a la comisaría”. Sus amigos se preocupan, porque eso podría haberle pasado a cualquiera de ellos. Se sientan en la vereda, hablan. Intentan contactar a su mamá, pero saben que no va a ser posible.
Sobre la otra vereda está la plaza. La plaza que se llena de jóvenes los fines de semana cuando el clima acompaña. Sentados en ronda están compartiendo una cerveza tres amigos. Están tomando alcohol en la vía pública, mientras discuten la salida de la noche para festejar no se que cosa, porque se quedaron “a estudiar” y no volvieron al pueblo. Los patrulleros estuvieron a apenas 30 metros de ellos, pero no se enteraron de lo que pasó. Su mundo da vueltas en torno a sus planes nocturnos, en cual de los tres departamentos se haría la previa, y a cual boliche entrarían después. No hablan de estudios, aunque ese sea el motivo por el que les pagan un alquiler en Nueva Córdoba. Dos oficiales se acercan y los interrumpen. Ellos levantan la vista. “Señores, no pueden tomar alcohol en la vía pública”. Continúan mirando, sin emitir sonido y con la clara expresión como quien pregunta “¿Y qué?”. El oficial percibe la actitud y continúa: “Terminen esa pero no compren otra, ¿ok?”. Y continúan su lenta y tranquila caminata por entre medio de la juventud.

¿Qué está pasando en Córdoba? ¿Nadie puede mirar por encima de su propio ombligo para advertir que están marcando a la gente? ¿Por qué se estigmatiza a los pibes de esa manera? ¿Cuánta persecución más vamos a tolerar? ¿Cuál es la sociedad cordobesa que piensa estos modelos de estigmatización que la policía después aplica?
Si realmente sos de los que piensan que quien hace malabares en la esquina es un delincuente, abrí los ojos. Las mafias más grandes de nuestra provincia están relacionadas con el delasotismo. Es hora de que las cárceles se llenen con delincuentes, y no con aquellos que se parecen a uno, cuando De la Sota es quien dibuja el identikit que desparrama por sus medios de comunicación.

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